Este no es un blog sobre cine pero a cualquiera que le interese el tema educativo tiene que ver, al menos una vez, esta película de Laurent Cantet. Más allá de sus méritos cinematográficos que la relacionan con un cierto “cinéma verité” y con documentales novedosos como “Ser y tener” la película de Cantet abre un interesante espacio para la reflexión.
De inicio, la cinta es una crítica al sistema educativo francés. Una crítica en un momento en el que se ha puesto en cuestión dentro de la sociedad francesa su arraigado modelo de integración y en el que la violencia en las calles ha puesto de manifiesto la disfuncionalidad de las estructuras destinadas proveer de identidad a muchos jóvenes hijos de inmigrantes. Estos jóvenes que son formalmente franceses no encuentran arraigo en su país de nacimiento pero tampoco en el de origen paterno. Muchos dicen añorar una tierra que no han pisado.

Pero la identidad no se utilliza en la película como canalizadora del discurso sino como un recurso, puede que el más fácil, para el humor. La carga, el énfasis crítico se centra en la labor del docente. La película muestra unos profesores incapaces, prejuiciosos, acomodados. El momento en que Esmeralda afirma haber leído “La república” de Platón no es solo una anécdota simpática sino una vuelta de tuerca más en la acerada crítica al maestro, que minusvaloró la capacidad de sus alumnos con otro colega. Más obvia en este sentido es la secuencia en la que el profesor de tecnología explota en la sala de profesores ante el silencio reprobatorio del resto.
La película introduce otro tema, cuestionar la supuesta dicotomía entre una pedagogía tradicional y una, digamoslo así, humanista. El profesor protagonista, Marin, se adscribe por carácter y metodología a esta segunda fórmula que pretende ser más flexible y buscar mayor participación en el aula. Esto le enfrenta con algunos de sus compañeros que conciben la enseñanza en otros parámetros. Este método “socrático” muestra sus fallas según nos acercamos al desenlace con un Marin desbordado, incapaz de mantener el control y recurriendo al desprecio y el autoritarismo. El diálogo, que se presentaba como el arma didáctica definitiva, se desinfla.
En conclusión, una recreación de un aula cualquiera, física y gestualmente muy conseguida pero deficiente en cuanto a que sitúa a los profesores como punta de lanza de un problema infinitamente más complejo. El desarraigo, la escasez de oportunidades, la pobreza, la violencia…todo aquello que impide que un adolescente deje de considerar la clase como un aparcamiento apenas se esboza en la película. Lo que está en cuestión es el sentido mismo de la educación y no solo la idea de que el educador debe ser educado. Los docentes tienen una resposabilidad indudable pero cuando se propone diálogo implicitamente nos referimos a dos partes. Si se exige la máxima kantiana al profesor, se debe exigir también al alumno involucrarse en su propio proceso de aprendizaje.